miércoles, 15 de junio de 2016

Los Marginados: Prólogo



PRÓLOGO


La doctora González Ríos dio un pequeño sorbo al café casi frío que traía en las manos antes de tirar el vaso de plástico en la abarrotada papelera de la entrada. Sabía que el café en realidad era un estimulante, pero le relajaba tener algo en las manos, y más cuando el lugar donde se encontraba podía ser tachado de cualquier cosa, pero no de ser un lugar tranquilo… además, apenas eran las siete de la mañana, llevaba desde las cinco y media despierta y debía permanecer así hasta haber terminado su trabajo.
Incluso a esas horas tan intempestivas la comisaría era un caos absoluto, a juzgar por la cantidad de policías que corrían de un lado a otro, los teléfonos que no dejaban de sonar y la gente que se apelotonaba contra cualquier mostrador que encontraran para reclamar. Aquella madrugada había ocurrido algo gordo, todavía no sabía qué con exactitud, pero en la televisión, los informativos de la mañana hablaban ya de una decena de muertos tras el asalto de un laboratorio farmacéutico por parte de unos atacantes cuya identidad no había salido aún a la luz pública. Según se decía, éstos fueron detenidos antes de conseguir lo que pretendían robar de allí… y precisamente esa detención era el motivo por que el que se encontraba en la comisaría tan temprano.
Armándose de paciencia, se aproximó al mostrador e intentó abrirse paso entre el gentío a golpe de portafolio. Su intención era llegar hasta la pareja de policías que trataban en vano de calmar a los exaltados ciudadanos que se habían visto involucrados de una u otra manera en los sucesos de aquella noche, pero no se lo pusieron fácil, y antes de conseguirlo recibió al menos un par de codazos y un empujón.
—Busco al inspector Gonzalo Fonseca —le comunicó al agente que la atendió tras mostrar su identificación luchando por hacerse oír por encima de las voces de los demás—. Soy la doctora González Ríos, me envían de Carabanchel.
El hombre se limitó a asentir y señalarle el fondo de la sala, donde otra pareja de policías custodiaba una puerta cerrada. Suponiendo que alguno de ellos podría indicarle mejor que sus agobiados compañeros a dónde dirigirse con exactitud, se encaminó hacia allí abriéndose paso a empujones de nuevo.
Las oficinas de la comisaría también habían sido tomadas por el caos. Los policías corrían entre las mesas trasladando papeles, tomando declaraciones a testigos y visitando la máquina de café para mantenerse despiertos. Sin duda, lo que había ocurrido en ese laboratorio tenía que ser más gordo de lo que decían en la tele.
—No puedo creer que tengamos que pasar por esto —escuchó comentar a uno de los agentes que custodiaba la puerta cuando se aproximó lo suficiente a ellos. Era un muchacho joven, casi recién salido de la academia y, a su juicio profesional, parecía muy enfadado—. ¡Ese tío ha matado a quince de los nuestros!
—¿Y qué quieres que hagamos? —replicó con hastío el otro policía, un hombre maduro, medio calvo y con un poblado bigote entrecano—. Está detenido, tiene sus derechos. Con un poco de suerte, se lo llevarán esta misma mañana y le perderemos de vista.
—No digo que no —asintió el muchacho—. Pero creo que debimos partirle la cara en los calabozos antes de que llegara su abogado, nadie se habría dado cuenta.
—Después de cómo le dejó la cara el Capitán Justicia no merece la pena jugarse la placa por eso —bufó con desdén el más veterano.
—¡Sí que habría merecido! —se empecinó el más joven—. Ese tipo, y los que son como él, no merecen otra cosa… son pura maldad, ¿no le viste cuando le traían esposado? El muy desgraciado seguía riéndose.
—Lo que sea, pero la “pura maldad” también tiene sus derechos —resopló su compañero.
Eva González Ríos, doctorada honoris causa en psiquiatría forense y criminología, no pudo sino sonreír desdeñosa antes los comentarios del joven policía y compartir la valoración del más maduro. Ella nunca creyó en la dicotomía del bien y el mal que tanto gustaba a la gente cuando se trataba del asunto que la había llevado allí, sino en el amplio espectro de grises que existía entre ambos, y tal vez por ese motivo eligió la cárcel de Carabanchel para realizar su pasantía. En ella se encontraban cumpliendo condena los presos de comportamiento más extremo que la sociedad podía dar a luz, y buscar destellos blancos que formaran el gris entre tanta oscuridad suponía todo un desafío.
Su mayor fascinación siempre fue la psicología de los denominados comúnmente como “supercriminales”, personas que, como todos los suprahumanos, disfrutaban de un gran poder, pero que decidían utilizarlo para enfrentarse a la sociedad y sus valores sin importarles las consecuencias de sus actos… por eso sentía que aquel día de octubre de mil novecientos ochenta y siete sería especial para ella: por fin, tras muchas súplicas y trabajo duro, se le había concedido la posibilidad de efectuar la evaluación psicológica de uno de ellos.
—Disculpen, agentes. Busco al inspector Fonseca —dijo cuando llegó junto a los policías. Pretendía parecer recta y profesional, no quería que notaran que era su primer caso y que en realidad no era más que una novata todavía verde en esos temas.
—¿Eres la loquera? —inquirió el más joven con la misma hostilidad con la que había sugerido darle una paliza al detenido. Al parecer, los psiquiatras tampoco le caían demasiado bien.
—Psiquiatra forense, si no le importa —le corrigió ella con cierta altivez—. Tengo entendido que han detenido a un presunto supercriminal, y el equipo psiquiátrico de Carabanchel me ha enviado a realizar una evaluación del mismo, ¿es correcto?
—Lo es, aunque nosotros no lo pedimos, eso se lo aseguro —gruñó el policía dirigiéndole a Ríos una mirada mezcla de desconfianza y resentimiento—. Si fuera por mí, ese tipo estaría pudriéndose en el calabozo hasta el día de su juicio.
—Sí, o en una cama de hospital con la cara rota —dejó caer ella, que le mantuvo la mirada y no se dejó amedrentar por la hostilidad que aquel hombre rezumaba—. ¿Pueden indicarme dónde encontrar al inspector Fonseca, si son tan amables?
—Por aquí, si hace el favor —le indicó el policía mayor, que abrió la puerta que custodiaban y le ofreció pasar primero. La doctora entró, y cuando el agente cerró la puerta tras ellos, pudo aislarse por fin del jaleo insoportable del otro lado—. Le pido que perdone los modales del chico. Tras el último recorte de personal del cuerpo, algunos compañeros fueron invitados a unirse a la seguridad privada, y muchos de los vigilantes que murieron anoche eran parte de ellos.
—Entiendo —respondió la doctora con aspereza para zanjar el tema. No eran las palabras de más que un policía novato pudiera decir lo que la había llevado hasta allí—. ¿Cuánta gente dice que ha muerto en el ataque entonces?
—Veinte personas, de momento —contestó con gravedad mientras la conducía por un pasillo mal iluminado hacia una puerta más gruesa que se encontraba al fondo—. Quince de nuestros ex policías y cinco miembros del personal del laboratorio… pero serán más conforme avance el día, eso seguro. Hay varios heridos graves.
—Cielo santo… —murmuró, y se sintió muy mal cuando un inesperado regocijo interno se apoderó de ella por un instante.
Era terrible pensarlo así, pero un ataque con tantas víctimas mortales sin duda escondería un caso fascinante detrás, y como profesional que era, no podía dejarse sobrecoger por los crímenes cometidos por sus pacientes.
—Hemos llegado —anunció el policía antes de abrir la puerta del fondo. Ésta daba a una pequeña habitación prácticamente vacía, con un cristal en un lado a través del cual se podía ver la sala de interrogatorios, que en esos momentos permanecía a oscuras. Dos hombres se encontraban en ella esperándola—. Inspector Fonseca, señor comisario, ha llegado la doctora de Carabanchel.
—Ah, bien —exclamó el inspector volviéndose hacia ella.
Era un hombre más joven de lo que había esperado, no podía tener más de treinta años, y vestido con una vieja gabardina marrón y un cigarro encendido en las manos se asemejaba más a un detective privado sacado de una novela negra que a un inspector de policía. No pudo evitar fijarse también en su rostro sin afeitar y cargado de ojeras, que delataba que ella no era la única que había tenido que madrugar aquella mañana… de hecho, probablemente él no se hubiera acostado todavía.
El inspector no había tenido que esperarla solo, el comisario, un hombre de unos cincuenta años y mucho más despabilado, le acompañaba vestido con un impecable traje a medida, aunque no demasiado caro. Por muchas huelgas que hicieran, los sueldos de los policías no lograban subir tanto como a ellos les hubiera gustado, ni siquiera el de un comisario.
—Doctora González Ríos —se presentó a sí misma tendiéndole la mano al inspector, que no dudó en estrechársela con fuerza.
—Inspector Gonzalo Fonseca… doctora, permita que le presente al comisario Jesús Godillo.
—Me alegra que haya podido venir tan pronto —afirmó el comisario cuando también le estrechó la mano, aunque con mucha menos firmeza—. La situación es poco habitual… a decir verdad, sólo he tenido un caso semejante a éste antes, y tampoco fue fácil de manejar entonces. La tensión en la comisaría, como ya ha visto, es mucha.
—No se preocupe, intentaré darles un diagnóstico rápido —les tranquilizó ella con plena confianza en sí misma—. ¿De qué se trata exactamente?
Sin pronunciar palabra, el inspector Fonseca se acercó al grupo de interruptores que se encontraba junto al cristal y activó uno de ellos. La sala de interrogatorios del otro lado se iluminó, y un hombre que había allí esposado y sentado junto a una mesa alzó la cabeza para mirar las luces con un gesto de leve curiosidad en su magullado rostro.
No era un individuo cualquiera, de eso estuvo segura en cuanto lo vio. Era alto y delgado, poseía una espesa cabellera morena que aparentaba acabar de sufrir una fuerte descarga eléctrica y vestía con algo parecido a un ajustado conjunto de pantalón y camiseta térmicos, ambos negros con franjas amarillas, y unas pesadas botas también negras. Sin embargo, lo que más llamó la atención de la doctora fueron las marcas de heridas recientes que lucía por toda la cara, sin duda alguna fruto de la batalla en la que fue derrotado por el Capitán. Un labio partido y un ojo hinchado y amoratándose era lo menos que podía ocurrirle a quien decidiera plantar cara al Capitán Justicia.
—Su nombre real es Miguel Ángel Montero Belenguer, pero se hace llamar “Ocaso” —dijo el inspector cruzándose de brazos frente al cristal—. Creemos que puede ser también sospechoso de varios robos a farmacias en los últimos meses, pero nunca se dio a conocer, ni con su verdadera identidad ni con la falsa.
—La verdad es que pensábamos que era algún tipo de imitador —añadió el comisario—. Un delincuente menor en busca de algo con qué colocarse y al que le gustaba disfrazarse de supercriminal para asustar a sus víctimas, igual que otros llevan pistolas de juguete o granadas de plástico, pero nunca antes hubo muertos, ni siquiera heridos.
—¿Qué ha cambiado? —inquirió la doctora observándole a través del cristal con mucho interés. El sujeto se cruzó de brazos igual que había hecho el inspector, aunque, por su gesto, él parecía estar aburriéndose—. Si sólo era un delincuente común, ¿por qué esta noche ha matado a tanta gente?
—Hoy buscaba algo gordo. Se niega a decirnos qué —respondió el inspector—. Por lo que sabemos, siempre había actuado en solitario, sin embargo, para esta ocasión especial se alió con el Dr. Gamma, al que seguro que conocerá por el apodo que le dio la prensa: el Mengele español; también con la asesina a sueldo conocida como “Viuda mortal” y el mercenario apodado “Pistolero loco”. Los cuatro se colaron en plena noche en un laboratorio de la farmacéutica Zipfer.
—Por suerte, el Capitán Justicia los detuvo a tiempo —afirmó Godillo.
—Eso de “a tiempo” es discutible, en mi opinión —objetó Fonseca torciendo el gesto—. Han muerto veinte personas, y la Viuda y el Pistolero se nos han escapado.
—¿Cómo un delincuente menor entró en contacto con gente que sí tenía un historial delictivo amplio? —les preguntó Ríos sin apartar la vista del criminal. Pese a haber recibido una paliza, ver su robo frustrado y haber sido detenido, no se le antojó demasiado contrariado.
—Todavía lo estamos investigando pero, por lo que ha confesado hasta ahora el Dr. Gamma, fue él quien entró en contacto con ellos… de hecho, es un viejo conocido del doctor: fue alumno suyo cuando éste daba clases de física en la universidad —respondió el inspector—. Lo que necesitamos es saber si es sólo un idiota con careta, y por tanto su lugar está con los presos comunes a espera de juicio, o si de verdad es un supercriminal y debe ir a Carabanchel a recibir un tratamiento más… adecuado.
La condición de “supercriminal” no había sido reconocida aún como una enfermedad mental de manera oficial por ningún organismo de salud, pero sí como una figura jurídica diseñada para agravar las condenas de los suprahumanos que cometieran crímenes de especial magnitud. Para escurrir el bulto a la hora de dar una definición concreta de quiénes exactamente se verían englobados dentro de ese concepto tan ambiguo, los legisladores consideraron oportuno dejar que fueran los psiquiatras forenses quienes evaluaran y decidieran cuándo aplicar tal condición. Debido a esto, los tratamientos a supercriminales en Carabanchel solían conllevar una constante evaluación psicológica cuya intención era encontrar rasgos comunes que los definan, y por tanto, acostumbraban ser sujetos de estudio interesantes… siempre que no fueran condenados a un aislamiento completo, como ocurría en los casos más extremos o peligrosos.
En los sótanos de la prisión, separados del mundo exterior por toneladas de piedra hormigón y acero, había celdas frente a las que ni los guardias se atrevían a quedarse demasiado tiempo. Ella lo sabía muy bien, alguna vez las había visitado con su supervisor y, aunque era consciente de que tan sólo se debía a la sugestión por saber lo peligrosas que eran las personas encerradas al otro lado de las pesadas puertas metálicas, no podía evitar sentir escalofríos cuando caminaba por algunos pasillos… aunque no siempre esos escalofríos eran causados por el miedo, a veces se sorprendía a sí misma sobrecogida por un sentimiento que sólo podía calificar como emoción, y que incluso la llevaba a quedarse después hasta altas horas de la noche revisando las fichas policiales de los sujetos con un historial más sórdido.
—Perdón, pero, ¿de verdad un supercriminal? —inquirió la doctora, que apartó la vista del detenido y se volvió interrogativa hacia el comisario—. ¿Qué quieren decir con eso?
—Pues verá, resulta que Ocaso carece por completo de superpoderes —reconoció Godillo—. Técnicamente hablando no es un suprahumano, pero comete sus crímenes ayudándose de unos dispositivos que lanzan descargas eléctricas, o algo así… dispositivos que estamos intentando estudiar para comprender cómo funcionan.
—La ley es ambigua en cuanto al uso de supertecnología a la hora de determinar quién es un suprahumano y quién no —añadió Fonseca—. De ahí que la hayamos llamado con tanta urgencia, doctora, tendrá que determinar si psicológicamente es o no es un supercriminal… de sus conclusiones dependerá la forma en que se le juzgue por lo que ha pasado esta noche.
—¿Carece de poderes? —dijo todavía más interesada. Su gran sueño había sido poder llevar el caso de un criminal suprahumano, sí, pero un hombre sin poder alguno que pretendía comportarse como uno de ellos, y que en la práctica lo hubiera logrado al cometer una masacre como la que se había producido aquella noche, no era algo que una profesional pudiera rechazar. — ¿Es seguro entrar con él?
—No tiene poderes que pueda usar contra nadie, y le hemos inspeccionado minuciosamente para asegurarnos de que todos sus cachivaches le han sido retirados —le garantizó el comisario—. Ahora no es más que un hombre esposado… no obstante, podemos entrar con usted, si así se siente más segura.
—No, el sujeto y yo deberíamos estar a solas —replicó ella sabiendo que era lo mejor, aunque no lo que le hubiera gustado elegir. Había algo en ese hombre que le daba escalofríos, pero reconocerlo habría sido muy poco profesional.
Armándose de valor, respiró profundamente, se alisó la falda y abrió la puerta que la llevaba a la sala de interrogatorios.
Con un ojo sano y otro inyectado en sangre, Ocaso observó con mucho interés cómo la doctora tomaba asiento frente a él, depositaba su portafolio sobre la mesa y le dirigía una mirada neutra, propia de una profesional que pretendía ser objetiva.
—Mi nombre es Eva González Ríos —se presentó con una admirable tranquilidad—. Soy psiquiatra de la prisión de Carabanchel, y tanto el comisario Godillo como el inspector Fonseca me han pedido que le haga una evaluación preliminar para determinar su estatus. ¿Prefiere que me dirija a usted por su verdadero nombre, o por su apodo?
—Mi apodo es mi verdadero nombre —replicó Ocaso, que entonces le mostró una fingida mirada de decepción—. ¿No han venido el inspector y el comisario con usted? Me insulta que no me consideren lo bastante peligroso como para creer que una indefensa joven no necesita protección estando a mi lado.
—He pensado que sería más cómodo para nosotros que estuviéramos solos por el momento —arguyó ella sacando de su portafolio una grabadora y poniéndola en marcha sobre la mesa, mientras al mismo tiempo trataba de evaluar si bajo sus palabras subyacía una amenaza real o sólo inocente sarcasmo.
—¡Oh, sí! Me siento mucho más cómodo sabiendo que en lugar de escucharme desde aquí lo hacen a través de los micrófonos que tienen en toda la habitación —declaró el criminal en tono burlón antes de acercar la cabeza hacia la doctora y sonreírle con una larga hilera de dientes muy blancos—. Por favor, dígame que va a hacerme el test de Rorschach. ¡Siempre he querido hacer el test de Rorschach!
Ríos le miró con curiosidad. El hombre sonreía de oreja a oreja pese a estar detenido y haber recibido una paliza, y lejos de sentirse contrariado, más bien parecía tomarse la situación a broma. Incluso con un ojo hinchado su mirada reflejaba inteligencia, de modo que era perfectamente consciente del grave problema en el que estaba metido.
—No estaba previsto, pero podemos hacerlo, si quiere —le ofreció.
—Si no estaba previsto, no se moleste, no quiero hacerla perder el tiempo… no parece que haya dormido mucho esta noche —contestó recostándose contra la silla y adoptando un semblante despreocupado que a la doctora le pareció genuino—. Supongo que la envían aquí para determinar si soy o no soy un supercriminal, ¿verdad? Es algo que lleva rondado esas limitadas cabecitas de policía toda la mañana… ¿y bien? Usted es una profesional, y como profesional, ¿qué opina?
—En realidad, estoy más interesada en su opinión al respecto —replicó Ríos, que determinó que si el paciente quería ir al grano, no había ningún inconveniente para hacerlo—. ¿Se considera usted un supercriminal?
—Depende de lo que queramos entender por “súper” —fue su respuesta—. Todos dicen que no poseo poderes, y puede que no los tenga al uso… sin embargo, me apuesto a que dentro de un año todavía no serán capaces de replicar con exactitud mis generadores voltaicos. Dígame, ¿es un superpoder desarrollar una ciencia tan avanzada a la actual que dejaría a todos los científicos del mundo intrigados? Ya sé que es usted quien hace las preguntas, doctora, pero me interesa la respuesta.
—No se considera como tal. De lo contrario, cualquiera que realizara un descubrimiento que permitiera que la ciencia y la tecnología avanzasen un paso podría hacerse llamar súper —refutó ella, que no vio ningún problema en acceder a responder si con eso conseguía que él siguiera hablando.
—Albert Einstein revolucionó la física, pero no era un suprahumano —asintió Ocaso—. Sin embargo, de algún modo él lo empezó todo, ¿verdad? Y por eso estamos aquí hoy.
—¿Por qué no me habla de Ocaso? —le pidió con amabilidad—. ¿Por qué deja que ese alter ego construido a base de máscara y tecnología esté por encima de la persona que es en realidad?
—¡Yo soy Ocaso en realidad! —exclamó él frunciendo el ceño—. Ocaso es más de lo que fui jamás, Ocaso puede conseguir cosas que, de otra manera, jamás podría conseguir.
—¿Y qué quiere conseguir Ocaso? —inquirió.
—¿Qué quiero conseguir? Solamente la paz, doctora, sólo la paz —contestó, para asombro de la psiquiatra—. La noto algo sorprendida, ¿acaso no era la respuesta que esperaba? ¿No es la paz lo que buscamos todos en el fondo?
—Esta noche ha matado a veinte personas y ha asaltado un laboratorio farmacéutico causando daños por millones de pesetas, ¿de qué forma le acerca eso a la paz que dice buscar? —replicó Ríos dirigiéndole una mirada inquisitiva.
—¿Me está juzgando por ello? No debería hacerlo, ¿sabe? Ése no es un comportamiento propio de una profesional —le reprendió él, que pese a seguir con el ceño fruncido no parecía estar enfadado en realidad—. Respondiendo a su pregunta: el caos, la muerte y la destrucción nunca son un fin en sí mismo, salvo que uno esté completamente loco. Esa gente murió porque se interpuso entre el fin y yo, pero el fin siempre es la calma que sigue a esas tres cosas.
—¿Y qué paz pretende conseguir que considera que vale la vida de veinte hombres? —le interrogó ella tratando de recuperar el tono neutro. Ocaso tenía razón, recriminarle sus acciones no era profesional… por un momento se dejó llevar, tal vez para calmar su propia conciencia tras la inapropiada primera reacción al conocer los delitos que cometió del criminal.
—La paz de un mundo sin superhéroes —declaró extendiendo las manos tanto como las esposas que le sujetaban le permitieron—. Nada más y nada menos. Un mundo libre del cóctel explosivo que representan un montón de individuos extraordinarios, pero al mismo tiempo imposibles de controlar por fuerza alguna.
—¿Pretende que Ocaso sea esa fuerza? —preguntó la doctora alzando una ceja—. ¿La fuerza que controle lo imposible de controlar?
Como respuesta, el detenido sonrió.
—¿Sabe? En el pasado quise ser uno de ellos. Aunque era muy bueno en lo mío, en realidad nada me ilusionaba más en la vida que poder lucir mi propio uniforme y ganarme con él el respeto y el cariño de la gente. Eran tiempos convulsos entonces, Franco acababa de morir y los Tercios se disolvieron; la democracia pedía héroes nuevos, y creía que era mi oportunidad de hacer algo bueno por el mundo con mis invenciones… pero cuando me vi cara a cara con verdaderos súpers, lo que hicieron fue rechazarme por no tener poderes propios.
“No era uno de ellos, decían, así que, por mi propio bien, no debía mezclarme entre su gente. Ellos eran los que salvarían el mundo, los encargados de protegerlo de todos los males, y mi papel en todo eso era sólo estarles agradecido y vivir mi vida con tranquilidad y sin preocupaciones.”
—¿De ese hecho nace el odio que siente hacia ellos? —indagó la doctora con mucho interés. Parecía que por fin avanzaban—. ¿Es por eso que quiere eliminarlos?
—¡Vamos, usted es una mujer inteligente! ¿No se da cuenta de la gravedad de aquel hecho? —exclamó él consternado—. ¿No se da cuenta de lo que significa ese rechazo? Ese hecho concreto, esa actitud discriminadora subyacente, incluso adoptada de buena fe, será la que tarde o temprano nos llevará a un mundo donde la raza superior de suprahumanos nos acabe subyugando a todos.
—¿Raza superior? ¿Cree que son una raza superior? —señaló Ríos, a lo que Ocaso suspiró y se rascó la nariz con las manos esposadas.
—No les odio, doctora, muy al contrario, les admiro. Siempre les he admirado, ¿cómo se puede no admirar a unos dioses? Y por eso quiero emularlos con mis artefactos e inventos, porque sólo convirtiéndome en un dios como ellos puedo plantarles cara, demostrar a la gente lo que son en realidad.
—¿Y qué son en realidad?
—En realidad, los superhéroes representan la única posibilidad de la sociedad de encontrar un refugio ante una realidad cada vez más incomprensible, soez y banal. Las utopías han resultado ser humo, doctora, al otro lado del telón de acero no está el paraíso prometido, y sólo queda huir de la realidad… esos que son adorados como dioses son los fetiches sustitutivos de una sociedad sin futuro, y por eso tengo que bajarlos de su trono divino, porque si no lo hago yo, en el mundo en que vivimos y que los idolatra nadie lo hará hasta que sea demasiado tarde.
Tras aquella declaración, ambos guardaron un tenso silencio durante un par de segundos, silencio que Ocaso rompió comenzando a reír por lo bajo.
—¿Sabe algo gracioso? La gente que me acompañaba eran los mejores —dijo—. Un brillante científico, un mercenario curtido en mil batallas y una experta asesina. Eran lo máximo que la humanidad podía dar, y estaba convencido de que creían en la causa… pero el Capitán Justicia los puso en fuga con sólo aparecer por allí… si eso es lo mejor que puede dar la humanidad, estamos todos condenados.
 Su discurso logró dejar sin palabras a la doctora, que para disimular, fingió buscar en el interior del portafolio hasta que encontrara algo que decir. Ocaso, sin embargo, ni se fijó en ella, tan sólo se quedó mirando la superficie de la mesa con una sonrisa melancólica en su rostro malherido.
Varios minutos más tarde, el comisario Godillo y el inspector Fonseca se apartaron de la pared sobre la que se habían apoyado para esperar y se apresuraron a recibir a la doctora, que salió de la sala de interrogatorios con un gesto muy serio grabado en la cara.
—¿Y bien? —preguntó el comisario.
—Creo que ya he llegado a una conclusión —anunció.

Augurio no precisó de sus poderes de adivinación para saber cuál iba a ser el veredicto del juez. Tras varias semanas de juicio en las que el abogado de Ocaso, un viejo aliado del supercriminal llamado Octavio Righand, apenas había podido argumentar nada en defensa de su cliente, la sentencia estaba más que clara. Después de ser diagnosticado por la doctora Ríos como un supercriminal no tuvo la oportunidad siquiera de alegar algún tipo de trastorno psicológico que justificara los terribles actos que cometió, y los abogados de la multinacional armamentística, que defendían a su principal cómplice, el Dr. Gamma, se esforzaron porque Ocaso pareciera el único culpable del terrible asalto al laboratorio.
La superheroína se revolvió incómoda en su asiento y se ajustó los guantes del uniforme mientras el juez leía los prolegómenos a la sentencia. El Capitán Justicia, también vestido con su uniforme azul y blanco, y las siglas “CJ” de color dorado en la pechera, se encontraba a su lado fingiendo escuchar con atención… sin embargo, ella le conocía demasiado bien y sabía que a él lo único que le interesaba en realidad de todo aquello era la condena propiamente dicha.
El motivo por el que ambos habían acudido al juzgado era porque, al tener relación directa con la detención, tuvieron que declarar en varias ocasiones a lo largo del juicio. Aquella era la parte que pocas veces salía en las películas y los culebrones de media tarde que hacían sobre los superhéroes: los tediosos procedimientos legales para que los criminales capturados cumplieran su castigo. No obstante, aunque menos glamurosa, también era parte del trabajo, y tenían que cumplirla con la misma diligencia.
La sentencia de Ocaso podía estar clarísima, pero había cosas que a la superheroína seguían dándole mala espina en todo aquello, como por ejemplo, que nunca llegaran a saber qué pretendían robar del laboratorio, ni con qué fin concreto. Sin embargo, viendo cómo le había ido el juicio, eso podía carecer de importancia en adelante, porque raro sería si no le caía la perpetua. Lo que más inquietaba en realidad a Augurio era la defensa a ultranza que los abogados de la multinacional realizaron en favor del Dr. Gamma, que también era el principal cómplice de Ocaso.
Gamma tenía un contrato de investigación con Midecai, una subcontratista militar con la que Augurio ya se las había tenido que ver en el pasado debido a Whitewater, una de sus filiales que durante un tiempo fue la principal suministradora de esbirros a varios supercriminales conocidos. Ignoraba por completo qué investigaba el doctor para ellos, existía un contrato de confidencialidad sobre el que no pudo pasar para averiguarlo, pero le habían cedido nada menos que el edificio Rockefeller, en Madrid, para que llevara esas investigaciones a cabo… lo que planeara conseguir Ocaso debía ser algo lo bastante gordo como para que el doctor se planteara perder tan privilegiada posición por su causa.
—Tiene que haber alguna relación entre Midecai y Zipfer —le susurró al Capitán Justicia, que se volvió hacia ella con un gesto incrédulo en la parte de la cara que no le cubría el antifaz.
—¿Por qué dices eso?
—La sangre que han hecho los abogados de Zipfer con Ocaso y en defensa del Dr. Gamma no es normal… es como si quisieran castigarle —reflexionó ella.
—Me parece que exageras —opinó, sin embargo, el Capitán—. Ya sabes cómo es la gente de negocios, sin duda habrán pactado entre ellos que sus abogados luchen por conseguir la libertad condicional, arresto domiciliario o cualquier cosa que sirva para que el doctor siga investigando para Midecai y no vaya a la cárcel… y para eso tienen que cargar todas las culpas sobre Ocaso, en especial porque no logramos pillar a ninguno de sus otros cómplices.
—Es posible, pero no sé, tengo un mal presentimiento, como si hubiera algo más grande detrás —insistió.
—Tus presentimientos suelen ser buenos, pero creo que no hay nada que temer —trató de confortarla él—. Ocaso irá a Carabanchel, tal vez para siempre, y el doctor sabe que ahora tenemos el ojo puesto en él, de modo que, sin su instigador principal, se abstendrá de cometer más delitos y se dedicará a esa investigación que es tan importante para Midecai.
—¿Y te quedas tranquilo sabiendo que el Mengele español está llevando a cabo una “investigación importante” para una compañía como Midecai? —inquirió Augurio, que por causas desconocidas de repente comenzó a sentir el estómago revuelto.
—Hace mucho tiempo que no estoy tranquilo con nada, pero ésa es una batalla distinta a la que nos atañe en este momento —suspiró el Capitán. A la superheroína le hubiera gustado discutir esa afirmación, pero tuvo que dejar la conversación a medias y levantarse a toda prisa de su asiento cuando una fuerte arcada le sobrevino—. ¿Te encuentras bien?
—Ahora vuelvo —logró articular antes de marcharse corriendo, bajo la mirada interrogativa de todos los presentes en la sala del tribunal, y salir al pasillo del juzgado.
Casi no consiguió llegar a los servicios a tiempo, y por poco se lleva por delante a la señora de la limpieza, que ese instante salía de ellos, pero por fortuna alcanzó a vomitar en la taza de uno de los retretes y no sobre el suelo recién fregado, que le mojó las rodilleras del uniforme.
—Mierda —murmuró preocupada limpiándose la boca, después se incorporó y se llevó una mano al estómago.
Sin embargo, antes de que pudiera comenzar a especular sobre las causas de ese repentino malestar, la puerta de los servicios se abrió con un golpe, y por ella entraron dos hombres.
—¡Maldita sea!
Temiendo que pudiera tratarse de una trampa, la superheroína salió del servicio dispuesta a plantar cara a lo que se le presentase… pero quienes entraron al lavabo de mujeres resultaron ser dos de los policías de la escolta que trasladó a Ocaso al tribunal, que con las armas en ristre se comportaban como si esperaran encontrar un criminal peligroso allí dentro.
—Señora Augurio, ¿va todo bien? —preguntó uno de ellos manteniéndose alerta ante cualquier posible amenaza.
—¿Ha pasado algo? —inquirió el otro. Ambos parecían dispuestos a disparar contra cualquier cosa que se moviera, y Augurio tuvo que levantar una mano enguantada en un gesto tranquilizador.
—Todo está bien —les aseguró—. No ha pasado nada.
—Ah… —replicó el primer policía bajando el arma, ahora un poco confundido—. La vimos entrar a toda prisa y pensamos…
—Está todo bien, falsa alarma, vuelvan a sus trabajos —insistió ella, que no quería que se les ocurriera hacer más preguntas respecto a su precipitada entrada en los servicios… era una superheroína famosa y reconocida, tenía una imagen que mantener.
No obstante, cuando regresó a la sala, lo hizo más preocupada por esas repentinas náuseas y su significado que por lo que los policías pudieran pensar de ella. Aquello tal vez fuera la confirmación de algo que ya sospechaba, y que podía poner fin a sus días de superheroína tal y como los había conocido… y eso le daba más miedo que cualquier criminal al que alguna vez se hubiera enfrentado, salvo tal vez la Parca.
No tuvo, sin embargo, mucho tiempo para darle vueltas al asunto, porque cuando sólo le restaban unos pocos metros para alcanzar la puerta de la sala del tribunal que juzgaba a Ocaso, ésta se abrió de golpe y por ella comenzó a salir gente, el Capitán Justicia el primero.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó él apartándose de la multitud que se conglomeraba en el pasillo de los juzgados para darle alcance.
—Nada, ya hablaremos luego —respondió sin apartar la vista del gentío—. ¿Qué pasa? ¿Ya ha terminado?
—Han dictado sentencia —asintió el Capitán con notoria satisfacción—. Le ha caído la perpetua.
—Eso era previsible —asintió Augurio.
—¡Espera, que aún hay más! El juez apreciaba un alto riesgo de fuga, de modo que cumplirá su condena criogenizado.
—¿Una cadena perpetua criogenizado? —replicó perpleja. No era una condena habitual, de hecho, probablemente fuera la primera de esa naturaleza. La tecnología de criogenización humana era un descubrimiento bastante reciente, y su aplicación jurídica, más todavía—. Eso significa…
—Significa que va a quedarse en Carabanchel por los siglos de los siglos —resumió el Capitán—. Una medida un tanto peculiar, sin duda, pero teniendo en cuenta que la nueva contrata de la PCA obliga al gobierno a garantizar un noventa por ciento de lleno en las prisiones o el pago de una compensación, no me extraña que quieran llenarla a base de presos con condenas ridículamente largas.
—Bueno, tampoco es como si no se lo mereciera —juzgó Augurio un poco más tranquila.
Planeara lo que planeara Ocaso, sus intenciones habían pasado a mejor vida con esa sentencia. Criogenizado no iba a poder escapar, y tampoco contaba con nadie que fuera capaz de liberarle después de que sus aliados prefirieran abandonarle y desaparecer. Todo apuntaba a que había llegado el ocaso de Ocaso.
No obstante, al tiempo que se recordaba a sí misma que tenía que usar esa última frase cuando la prensa le preguntara sobre la sentencia, al ver salir al criminal de la sala, sujeto a unos amarres metálicos creados para contener a suprahumanos con fuerza extraordinaria, y que en su caso eran del todo innecesarios, no pudo evitar el impulso de acercarse y encararse con él una última vez.
Toda la comitiva, incluidos los seis policías fuertemente armados que le escoltaban para trasladarle a la cárcel, se detuvo. Ocaso no parecía contento, pero tampoco tan contrariado como debería haber estado tras saber que pasaría la eternidad congelado en el foso más profundo de Carabanchel.
—Supongo que esto es un adiós —dijo el supercriminal permitiéndose mostrarle una sonrisa.
—Jugar a ser un villano tiene consecuencias —le espetó ella, que no intentó disimular el desprecio que le provocaba—. Puesto que ya no te va a servir de nada, ¿por qué no me dices qué pretendías llevarte de la farmacéutica?
—¿Sabes? Es gracioso que me hagas esa pregunta porque, de no ser por tus dotes de adivina, que propiciaron la intervención temprana de tu musculoso amiguito y la comparsa de inútiles que algunos llaman “policía”, habrías tenido la respuesta —replicó Ocaso con cierta satisfacción—. ¿No es irónico que tú, la mujer que lo sabe todo, hayas sido la causa de tu propia ignorancia?
—Disfruta de esa ironía cuando estés congelándote —le deseó Augurio.
—¡Vale, ya es suficiente, tenemos que seguir! —bramó el policía que dirigía la comitiva—. Señora Augurio, por favor…
—Todo suyo, agentes —dijo haciéndose a un lado, y en cuanto se apartó del camino, reemprendieron la marcha en dirección a la salida de los juzgados. Ocaso, sin embargo, giró la cabeza y se volvió a mirarla una vez más.
—Hazme un favor, querida, diles a los abogados del bueno del Dr. Gamma que ese pobre cabeza hueca nunca logrará lo que pretenden que consiga —le pidió al tiempo que se lo llevaban.
Augurio no le contestó, estaba de más cuando los abogados que habían ayudado a condenarle se encontraban allí también y lo habían escuchado a la perfección.
—¿Qué dice? —preguntó el Capitán Justicia cuando llegó junto a ella.
—Nada importante, sólo algunas mezquindades improvisadas de última hora.
—Ese tipo está como una regadera —afirmó el Capitán negando con la cabeza—. Cuando me vieron aparecer antes de lo que esperaban, tanto la Viuda como el Pistolero huyeron dejándole tirado, ¿y sabes lo que hizo él? Mientras yo me encargaba de la maldita pistola desintegradora de Gamma, comenzó a lanzarme descargas eléctricas con esos armatostes que se construyó… ¡como si con eso pudiera hacerme daño!
—Es posible que no lo supiera —opinó Augurio—. De hecho, ¿lo sabías tú? ¿Alguna vez has metido los dedos en un enchufe para comprobar que la electricidad no te daña?
—Cuando tenía tres años —respondió él torciendo el gesto—. El caso es que, aun viendo que no me hacía nada, en lugar de intentar huir como los demás se quedó allí, lanzándome ataques inútiles y riendo como un poseso hasta que le partí los morros de un puñetazo. ¿Qué persona en su sano juicio haría eso?
—No tengo ni idea —admitió—. ¿Vas a escoltarle a Carabanchel?
—Sí, me gusta estar en estas cosas hasta el final… no creo que vaya a pasar nada, pero nunca se sabe, y puesto que todo apunta a que nos lo vamos a quitar de encima para siempre, merece la pena asegurarse. ¿Por qué lo preguntas?
—Me gustaría que habláramos luego, es un tema importante —dijo llevándose de nuevo la mano al vientre—. Muy importante.



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